viernes, 25 de septiembre de 2015

MUJER, TÚ ERES POESÍA

        RECOPILACIÓN DE POEMAS DE AMOR
                                (2009-2014)





 
                                              





MUJER, TÚ ERES POESÍA






  

             JORGE TORRES DAUDET

















                                      


























          En el amor todo es posible,
         también en el desamor.
         Los sentimientos se transforman
          y, al contrario de lo que ocurre
          con la materia, también se destruyen.

























                                                                                      










         A Carmen, mi mujer, origen y motivo                                                       
         de muchos de mis versos,
         con amor, respeto y gratitud.

































                                           


                           INTRODUCCIÓN



No voy a definir lo que, empezando por un cruce de miradas, más o menos intenso o duradero, un simple roce de manos, más o menos casual, derivan en una atracción, que se va convirtiendo en pasión y desemboca en una necesidad de estar, de permanencia el uno con el otro. A esa necesidad de la compañía continuada le sigue el sentimiento, ya más generoso que la atracción física, que llamamos amor.

Durante la convivencia se ha ido conociendo más la pareja, salen a flote tanto las bondades como los defectos. Aquellas hacen más idílico  el sentimiento. Los defectos, cuando se reconocen, se justifican, se intentan aminorar y hasta en cierto período, fugaz, pueden, incluso, resultar graciosos, interesantes, y lleguen a ser un acicate más para ver la vida en común de color rosa.

El amor, tan ligado a la Luna, también tiene fases. Los tiempos van marcando las mareas de esas aguas, ora tranquilas, plácidas, ora turbulentas, de pasión desenfrenada o, como Luna, apagada por el eclipse del desamor, pasa a la indiferencia, en las más de las ocasiones y, cada vez más frecuentemente, a un creciente rencor que va engrosándose con males de fondo, revistiéndose de un odio desmedido que, desgraciada y cobardemente, llega a la tragedia.
El ser “humano” el homínido erectus, cazador y cainita se revela así durante toda su existencia, y, al contrario que otras especies, hiere y mata a sus semejantes,  fuertes o débiles, no le importa, pues usa tretas y maquinaria que, a través de las distintas eras, con el progreso tecnológico, va remodelando para la destrucción más efectiva de vidas.
La mujer, su compañera, imprescindible para que la humanidad exista y crezca, no ha sido ni es ajena a la crueldad machista.
A estos actos, con demasiada frecuencia, se los juzga, benévolamente, como de enajenación mental, sin tener en cuenta que para acometer esos actos se estrujan el cerebro para que sean eficaces y salir airosos ante la barbarie.
Para los que una vez que los han cometido se suicidan no les tengamos sentimientos de  piedad, pues ello es muestra de aquella consigna salvaje de morir matando, aunque sea tan cobardemente.

Traigo a este pequeño lugar los versos que durante un corto período de mi vida he ido trazando, y publicando en mis tres libros anteriores a éste que tiene Ud. estimado lector a la vista, como muestra de admiración que la mujer me sugiere y, sobre todo, como muestra de solidaridad y reconocimiento a ella.
También algunos dirigidos a cuando los sentimientos de amor se desvanecen, se transforman, incluso, en odio y  llegan a la misma destrucción.

Jorge Torres 




























                                                                                       




















































                                        

                                              ÍNDICE






 









Y… llegaste, colegiala


Vacío y soledad.
Sombras entre las sombras,
cielos sin estrellas, noches eternas,
lágrimas en la almohada.

Luz del final del túnel; uniforme con trenzas,
carreras sin fin, risas en cascada,
ojos, los luceros del alma.

Miradas a hurtadillas, miradas con sonrisa,
sonrisas con convite, sonrisas con tristeza;
risas por todo, risas por nada.

Pregunta en la mirada, respuesta sin palabras;
ojos que hablan, ojos que piden, boca que sacia.

Cuerpos que se buscan,
caricias bien llegadas.
Sentimientos encontrados, sentidos latentes,
piel amada... Llegaste, colegiala.




Mujer, tu eres poesía


Poesía es tu cuerpo,
erguida tu imagen,
a tus pies tu contorneada sombra
sobre el lienzo del suelo,
o tendida, figura expectante, acogedora
seda… mecida por el sueño.

Rimas y leyendas son tus ojos, son faroles
encendidos de pasión, tu rostro junto al mío.

Pareados son tus labios,
tu boca con mi boca,
degustando el exquisito sabor de tus besos.

Poesía es tu cabello, suelta tu melena
en pos del viento,
o recogida, graciosa, en lo alto de tu cuello.

Versos son tus senos, rimando
en asonante, con los labios
que los lamen incansables, que liban en ellos
con la gran e insaciable sed 
del amante que bebe de tu cuerpo.

Versos, también,
en albedrío perpetuo,
son los vellos que acarician
en las sombras tu sexo, dormido o violentado
por las caricias penetrantes
que te elevan –nos elevan- al cielo.

Dos romances tus piernas,
los pilares del edén.





 Niña, mírame a la cara


Niña, mírame a la cara,
que quiero ver tus ojos, ventanales de tu alma.
No bajes las persianas negras,
no bajes tus pestañas
que quiero enviarte mi mirada
y que te llegue a las entrañas.

Niña, no vuelvas tú la cara
que los zagales te ven
y se llevan consigo mi calma.
Eres más hermosa que el mes de Mayo,
eres el más bello jardín
donde busco yo posada
para dejar, por siempre,
aparcada ya mi alma.


El edén


Recorrí tus caminos y tus fuentes,
bebí, sediento, de ellas.
Subí a tus montículos, me deslicé a tus valles,
libé en sus flores, comí de sus frutos;
encontré el edén en
el universo joven de tu cuerpo.








Acompañabas mi vagar nocturno
saltando, graciosa, de charco en charco,
juguetona, recortada, pequeña y moruna,
jugabas al escondite entre las nubes blancas.

Mi corazón, enamorado,
brincaba
a tañidos de guitarra.


Sin pudor


Sin pudor proclamo mi amor al mundo,
cual si fuera joven apasionado,
si, aun anciano, estoy de ti enamorado
¿por qué acallar mi sentir tan profundo?

Te miro con ardor en la mirada
y pido de ti el mismo sentimiento
pues, te juro, sería un sufrimiento
que no estuvieras de mí enamorada.

Dicen: “la pasión los años cura”
mas yo no creí nunca en este aserto
pues, de siempre, siento por ti locura.

Y, aun estando dormido…o despierto,
mi cuerpo vive el amor con bravura
hasta que Dios y tú me deis sustento.




 Clamaré


Clamaré en tus oídos,
atrayendo tus pupilas
a mis ojos.
Respiraré el aire que tú respiras
y desprecias.

Seguiré tras de ti,
me embriagaré del aroma
de tu cuerpo,
acariciaré la seda
de tus senos,
beberé tus lágrimas, devoraré tu cuerpo
y, entonces,
se unirán nuestras almas.




 ¡Ay, mi amor!


“Líbrate de sucumbir a ese amor,
que dicen
que no te conviene”.

“Si  les escucharas, oirías los argumentos
que oyen todas las esquinas...”

¡Señor, Señor! Como si el corazón 
se abriera a la razón, al cálculo, a la suma…
¡Yo quiero a mi niña morena!
Y soy sordo cuando sus ojos
me miran como me miran,
y soy ciego
cuando sus labios pronuncian mi nombre,
y subo al cielo
cuando su piel acaricia mi piel.

Y dicen... lo que digan,
sonrían... como sonrían.
¡Yo quiero a mi niña morena!
¿Podría vivir, mi amor, sin tu amor?.  
¿Podrían mis ojos ver, sin a ti, mi amor, verte?.
¿Podría mi piel gozar
sin mi piel gozar de tu piel?

¡Ay, mi amor, es mi alma esclava de tu alma!
Y lo que digan...y como sonrían…
no es nada que ya pueda detener
nuestra muy loca pasión desatada.

Cuando caminas, niña


Cuando caminas, niña,
se revolucionan las calles,
ahítas quedan todas las esquinas,
en los parques los sauces lloran
sus ramas, pidiendo que no te vayas.

Las ventanas se llenan de fascinados ojos
por ver tus lindas y excitantes formas;
las aceras te esperan con ansia;
el sol, ¡qué envidia! te acaricia entera,
con sus lascivos y ardientes rayos...

¡Con qué gracia mueves tu cuerpo!,
tu melena
cómo cae por tu cara,
tus ojos...
cómo deslumbran al mirar,
cómo hechiza y cautiva tu sonrisa,
cuando, con tu inocencia, saludas al pasar.

Tus vestidos moldean tu cuerpo,
cubren tu belleza,
como las cortinas
amparan monumentos; a la luz le da miedo
llegar a tu piel, mostrar tus encantos,
descubrir tus secretos...

La suave brisa lleva el perfume de tu cuerpo;
de rosas y jazmines
es el aroma, y, también,
el color de los labios que asoman en tu cara,
quizá, ávidos de amar.

Mientras, tus cabellos flamean
cual banderas, orgullosas,
de los imperios de la juventud y belleza.

 

Sed


Y es de ti que tan sediento estoy
que cuanto más bebo de ti
más de ti estoy sediento.





Sabrás que te quiero


 Confieso que te quise de inmediato. Viniste
a mí en el mejor momento
para hacer el gran milagro.

Mi  viudo corazón desesperado
cambió el ritmo de viejo moribundo
por el fragor
del fuego apasionado y
locas ganas de vivir a tu lado.

Cuando me vaya, cuando no me veas,
quiero que sepas que estaré a tu lado,
bendiciendo el haberte conocido,
sintiendo por no haberte del todo disfrutado.

Espero que haya Cielo...
porque allí te estaré esperando.



Es mi deseo…


 Que la luz de tus ojos ilumine,
sin tardanza, tu mirada,
que renazca tu sonrisa,
que permanezca siempre en tus labios albergada,
que citar mi nombre
sea para ti como un beso trémulo.
Que las aguas de Leteo
nunca, jamás, te invadan


Ella

 Soledad es citar tu nombre
Y no oir tu voz que me responda




 

Si tú no estás...


Si tú no estás se diluye el sabor de tus besos,
se diluye la esencia de tu cálido cuerpo,
como la sal de las mareas,
como el hielo del invierno.

Mis manos vagan errantes y desesperadas,
buscando tus escondidas, ignoradas sendas,
las sedas de tu cuerpo,
porque si no estás, mi vida, sin ti yo soy nada.

El tiempo va marcando
la distancia, aleja el tren de los sueños.
Tu imagen queda atrás, difuminada
entre la niebla del mañana incierto.


Mi alma, vacía sin ti, es más glacial que el frío hielo
de las gélidas madrugadas,
nuestro lecho, estepa árida y desierta,
sin el cálido oasis de tu cuerpo.

¿Dónde hallar el fulgor irisado de tus ojos,
dónde la noche, sin estrellas, de tu cabello,
y… dónde tu risa, dónde tus besos?

 

 Luna llena


Esa noche nuestros ojos eran los que hablaban.
Fueron tus ojos, mi amor,
los que revelaron que tú me amabas.
Fueron tus ojos, mi amor,
los que me abrieron, de par en par, tu alma.
Y esa noche, mirándome a los ojos,
esa noche, la luna...
el brillo de tus ojos envidiaba.
Y esa noche, de luna llena,
nuestros cuerpos se unieron,
se enlazaron por siempre nuestras almas.





Amarte


Amarte es sentir correr tu sangre por mis venas.
Es ver el mundo maravilloso
por tus bellos ojos.
Es beber, insaciable,
del manantial de tus labios.
Es sentir el cielo
en lo recóndito de tu piel.
Que tu dolor a mi me duela.
Ser tu corazón el mío.

Amarte es reinventar para ti, amor,
un te quiero a cada instante.



Aquel café


Sobre el mármol frío de sus mesas,
lápidas de “te quieros”
e historias muertas,
mi lápiz desgranaba en el papel
mi amor en la distancia.

Mis ojos escrutaban el agua de la jarra,
bola de cristal de amor brujo,
queriendo ver tu cara,
temiendo ver tu olvido en falsas adivinanzas.

Aquel café
era mi cálido refugio,
continente de nostalgias...
tu silla vacía de ti, el aire reflejando
tu mirada.
Aún flotaban tus palabras entre el denso humo...
Mi espera con el tabaco quemaba.



Mis labios en los tuyos


 Se entretienen mis labios en los tuyos
que, sin querer huir, van descendiendo
por tu garganta y frágil cuello.
Recorren los torrentes de sangre de tus venas
-caudal desmedido de pasión-
ebrios y sedientos descienden
y escalan los erizados montículos
de tus pechos, se recrean en ellos,
juguetones, formando algarabía en tu cuerpo.
Tu vientre, en vaivén descontrolado, es una súplica
que mis sentidos, hipnotizados, sí comprenden.
Se deslizan al vello enredado de tu sexo
y, por caminos sinuosos, hambrientos, se pierden
en lucha salvaje
con tu frenesí y loco desenfreno.






¡Oh! muchacha de encantos
inexplorados.
¡Oh! belleza cruel, cuerpo incendiario,
-mirada inocente, sonrisa huidiza,
andar despistado-
objeto de miradas abismadas
y carnales ansias.
¡Oh! inocencia destructora de corazones,
sosiegos y templanzas.
Sin tú quererlo, sin saberlo
¡no sabes lo que provocas…!



He besado tus ojos

 He esculpido mis besos
en el couché de tu fotografía,
he mojado con mis lágrimas tus nacaradas
mejillas, como si mis lágrimas fueran tuyas.
He besado tus ojos, tan llenos de caricias.
Te he guardado, mi amor, en el bolsillo de mi alma.





Amar


Tú y yo, solos, cualquier habitación,
no importa el sitio; en cualquier lugar...
Mediasnoches para comer,
noches enteras, y sus días, para amar.



El tiempo ha frenado su prisa


He derrotado tus tímidos noes,
tus defensas, entre suspiros, quejas
y alguna lágrima furtiva.
He desoído tus lánguidas súplicas,
apenas musitadas,
he desgarrado tu inocencia,
tu delicado y sedoso velo de doncella.
Nuestros cuerpos, como si corceles desbocados
fueran, se han liberado
con el retozar de la pasión
irrefrenable.
Te he hecho mía,
sin yo apenas creerlo.
La luna, reflejada en tus pupilas,
alumbra nuestra dicha.
El tiempo ha frenado su prisa.






Tú, mi amor


Eres, como la tarde de Domingo,
dulce y sosegada.
Tienes la mirada cálida, el sol en tus ojos,
amor en sus brillos.
Tu melena, sedosa,
acompaña, en su huir, a la brisa.
Tus labios en sonrisa suspendidos.
Tu piel fresca, como el anochecer,
con aroma de jacintos y miel.
Tu cuerpo, campa de espliego, de juncos y trigo,
es paseo preferido
de mis caricias y mis besos
Eres laguna misteriosa donde la luna
mira, admira, tus destellos.
Tu boca, rosas, jazmines y frutos
del Edén.

 



Yo cogía las nubes...



Yo cogía las nubes con las manos
y mis besos enviaba al universo,
te entregaba mi corazón travieso
antes de tener los cabellos canos.

Yo me sentía un Pegaso trotando
por los valles y cumbres de tu cuerpo,
sobrevolando, cual gaviota, el puerto,
la piel, tu piel, que siempre estoy amando.

 El Pegaso ya no trota, plegadas
sus alas, no remontará sus vuelos,
aventuras por el tiempo amainadas.

Humilde se desliza por los suelos,
mas... su amor vuela con las alocadas
nubes y fantasías de sus sueños.






Brisas, o noche de San Juan


Un a fresca brisa
ondeaba sus cabellos
con lento movimiento, acariciaba sus senos
con el leve tremolar
de su vestido,
se deslizaba suave,
como la noche,
como de amor dormido.

Traía  aromas de verano
de rosas, de jacintos, de pinares cercanos,
de tierra mojada, de heno, de hierba
recién cortada.

Noche de San Juan, de limones,
de tormentas, de amores, de hogueras y promesas...

Tu me diste una flor, yo te di toda mi fuerza;
fluía la pasión,
mis besos ahogaban tu candor,
mis brazos poseían tu cuerpo.

Cantares de la madrugada nos despertaban,
aún nuestros cuerpos uno,
los cabellos mojados por la escarcha,
al alba.

Nos saludaba otra brisa más fresca,
más lozana,
mientras, el sol cegaba nuestros ojos
y nos dejaba desnudos.


Y tú, precisamente tú, te quejas
porque dices que les cuento más cosas
a mis amigas, las negras hormigas.

Creo, sinceramente, que te sientes
celosa cuando me ves en el suelo,
de rodillas, hablando, jugando y maquinando
travesuras con ellas. No entiendes que proyecte
mi sombra sobre sus flacas figuras.

Te extrañas de que comparta nueces y avellanas
con nuestras vecinas,
las saltarinas ardillas…

Tú, precisamente tú, que te empeñas
en levantarte todas las noches
para escuchar a tu cómplice,
la luna,
y luego me lo cuentas,
callándote lo que a ti te interesa;
crees que me engañas; lo intentas,
pero hay un lucero que vuestras conversaciones
me revela; noche
a noche él os espía y, a través de tus sedas,
por tus encantos él se cuela;
y eso, amor, eso a mi me duele
eso, amor, eso a mi, sí me desvela.




¿Existes?


Piensa en ti y no te nombra
¿acaso tienes nombre?
Pero estás ahí,  con tenaz frecuencia,
mientras mira deslizarse las gotas de lluvia
-a él siempre le parecieron lágrimas-
tras los cristales tristes en el tardío otoño,
de su oscuro, desierto, dormitorio,

En los paseos del parque, radiante
de soles y colores, bullicioso de pájaros
y de niños.
En los campos silenciosos
de helada nieve y los desnudos árboles,
de hojas y de trinos.
En la corriente de los ríos
caudalosos
y de los humildes arroyos
sigue viendo tu imagen,
por callada y sonriente, prudente y complaciente,
bella y deseable.
No, no existes;
tu imagen y tú sois sólo éso:
una imaginación,
realidad inaccesible.





 Te buscaba


Te buscaba en otras ciudades como si fueran
la nuestra. Te encontraba en otras caras
que dibujaban mis ojos...
Por la noche y en la mañana
pronunciaba tu nombre sin obtener respuesta;
seguía solo, solo…






 Regreso


 Ha llegado ya el momento del regreso a ti.
Me he lanzado a la carretera,
recorro las millas que nos separan,
quemando soledad y bencina.
Los árboles me abren paso
diciéndome su adiós,
tristes sus ramas, despojadas de hojas.
Mi auto, con bramido feroz,
lucha contra el reloj
e insaciable de minutos y horas nos acerca.
En el centro del paisaje, nunca tan extenso,
interminable, siempre está tu imagen
con las curvas de tu cuerpo.
La distancia es negra de asfalto
y desesperación.
La meta y trofeo de la loca carrera eres
tú, mi mejor y mi único refugio.




  Al cabo de los años


Se han encontrado después del tiempo transcurrido
que ha hurgado en sus rostros...
Pero se han reconocido.
Sus ojos, húmedos, se miran,
se admiran el uno al otro, atónitos, incrédulos.

Han entrelazado sus manos
con cariño, con gestos temblorosos,
como niños con juguetes rotos.
Ella frágil, sus cabellos de seda,
blancos, como su piel, luminosos.

Se han cruzado pocas palabras,
permanecen silenciosos.
Sus miradas interrogan;
tienen mil preguntas en sus labios, se las callan;
a saber no se arriesgan.

Pronto se dirán que sus amores
guardaron sus ausencias,
que sus corazones solos estuvieron siempre,


 
que a nadie más amaron, que nunca se casaron.

Que coincidieron siempre sus sueños, imploraron
sus caricias, se buscaron sus cuerpos,
que sólo sus almohadas
recibieron sus besos,
sus lágrimas, sus secretos.

Siguen parados en la acera, donde
se han encontrado, ajenos
al mundo que les rodea,
a las miradas de curiosos.
Sus vidas ahí y ahora empiezan...



Hemos roto


 Hemos roto nuestras cartas de amor
los dos juntos, tú y yo, con nuestro pudor de acuerdo,
como único testigo.

El papel, amarillo por el pasar del tiempo,
con renglones rasgados anunciando
las fechas de nuestros encuentros.

Hemos roto nuestros secretos, junto a la suma
de los latidos de nuestros corazones locos,
ávidos de amar.

Los pedazos llevan escritos nuestros te quiero,
nuestros deseos de estar juntos
tu cuerpo y el mío, de estar sellados
nuestros labios con nuestros besos.

El perfume de tus cartas, amor,  ha impregnado
mis dedos que, juguetones,
acarician tu piel,
y hacen temblar tu cuerpo, unido al mío.

Hemos roto nuestras cartas
de amor, pero el amor
sigue en nosotros vivo.





Está caliente la noche
y aún la luna no la besa,
el sol se va por las laderas en busca de otras
tierras.

Hay un silencio infinito ¡Callad!, que la luna
ya se acerca...está celosa del sol que a la tierra
así calienta.

El aire huele a jazmines,
los ruiseñores lo festejan;
con el jolgorio de sus cantos a los insomnes,
más, desvelan.

Frescos están los olivares
reflejando la luz de sus hojas,
las lechuzas entonan sus cantos,
los pastores guardan sus ovejas.

Los amantes el calor de sus cuerpos


 
cabalgan,
baten sus sudores, los bañan,
cruzan caricias, besos,
suspiros, risas...
Luego sus cuerpos y almas se relajan,
quedan quietos.


Amantes

Conocen sus cuerpos,
sus vidas... a retazos,
acuerdo tácito; no les preocupa más.
Se ven muchos, pocos, días, se ven y se gozan,
siempre a escondidas;
su pueblo es pequeño, las ventanas
ojos anidan, abiertos
a cualquier movimiento.

Sus amores emigran sus encuentros
a otros lechos,
donde sus caras no son conocidas.
Apenas tienen horas,
las buscan,
como sus cuerpos buscan sus caricias,
como sus labios sus besos.

¿No hay nada más tras esos arrumacos,
tras esos te quiero,
te quiero, te quiero...?
¿Son simples jadeos,
es una forma de hablar tras el envite fiero?

No hablan de amor. A su arrebato dan rienda suelta;
siempre lechos extraños, alquilados.
Dejan sábanas mojadas, sudadas,
enredadas por el fragor
de sus batallas, por los lances
de sus pasiones desatadas...

Nunca acabadas de saciar,
se encontrarán otro día;
aún no saben cuándo,
ni en qué lugar.
Son encuentros
itinerantes, prófugos, culpables,
errantes, ocultos,
acuden a la cita de la llama que nunca
acaban de apagar.

No piensan en un futuro,
no dan por acabada su historia
ni piensan cuanto durará.
Ella o él, otra vez, una más,
se llamarán; otro sitio distinto,
nuevo escenario, nuevo nido
de su loco desvarío.



Me bebía el mar


 Miro al cielo y te veo en sus nubes sumergida,
miro al mar y en su espejo azul te veo.
Las olas, rompiendo en roca,
son un pañuelo de seda en tu cuello.
Su espuma es el brillo de tus ojos.
Es el verde de las algas
tu sonrisa, hecha promesas. El negro
fondo submarino
es mi temor a que tus promesas no se cumplan.
La tormenta perfecta mi deseo, hecho fuego
y agua embravecida.
Me bebía el mar buceando
por el atrayente arco de tus muslos.




 Eres...

 Rubia como la parva de la era,
como la caña del trigo.
Rubia y fresca como la arena
dorada de la playa.
Rubia y ardiente como la melena
del sol en el estío.



 

Alientos del alma



Me asomo al mirador del tiempo.
¡Cuánto tiempo transcurrido! aun siendo tan exiguo.
Años de infantiles batallas, de primaveras
en mis venas,
en mis ojos luces escudriñando el futuro;
cabeza enloquecida de ilusiones
y esperanzas, de amores tiernos.
Chicas con pecas, con trenzas,
con enaguas, cancanes y sandalias.
Paseos por los pinos, temblores en las piernas,
sentidos latentes,
curiosidad por lo desconocido,
miradas cómplices.
Roces de piel, besos inocentes ¿inocentes?
         explosión de sentidos, miedos y vergüenzas,
rondas románticas, luz de luna… las guitarras.
Pechos palpitantes,
palabras entrecortadas, perdidas, voz ronca.
Con cielos estrellados canciones italianas;
primeros bailes,
abrazos verticales…  y los cuerpos
enfrentados, alientos de dentro, de deseo,
alientos del alma.


 
 






 

En tus brazos


Estás dormida a mi lado,
acaricio con mi vista tu cuerpo,
al sueño abandonado,
en tus labios una sonrisa...

Tus cabellos desparramados,
tus manos en tus brazos,
como abrazando;
quisiera estar en medio...
sin estar en ti ¡qué solo me encuentro!

La almohada recibe tu aliento,
tus ojos están cerrados, tus senos
libres,
con tu respiración, cabalgando.

Quisiera estar en tus sueños,
quisiera ser tu niño mimado;
tú estar siempre pendiente de mí,
ser yo... tu juguete adorado.

 

 Aquella muchacha


Hoy, ¡Santo Cielo! He visto, sí, a aquella muchacha,
aquella muchacha de encantos inexplorados,
hoy conquistados, colonizado su bendito
vientre, pues está preñada,
rotundamente preñada, como luna llena.
Su capa abierta a la brisa
que, suavemente, la acaricia.

Solo han pasado tres años desde que la viera
por vez primera e hiciera de musa
en mi poema Belleza cruel.

Es más exuberante su belleza
ahora, y no es cruel pues ama, es amada.

Al pasar cerca de mi, he quedado ensimismado;
mis ojos resbalan -con pudicia- por su grávido
talle, su semblante y sus cabellos
resplandecientes, sus pechos turgentes,
prometedores de inagotable y delicioso
néctar. Su mirada, aún inocente,
la ha fijado en mi mirar de abuelo –todavía
a la espera de serlo -
y me ha sonreído –sin conocerme-  con cara
de mamá, de joven e ilusionada mamá,
con esa bendición en su vientre de mujer.

He retirado mi mirada,
me he vuelto de espaldas, pues dos jubilosas lágrimas,
han resbalado por mi rostro

Aquella belleza, que yo presumía cruel,
está a la espera de ser una bella mamá.






Atardecer del alma



Hola espejo, brumoso y viejo amigo,
miro tus ojos, tu frente arañada
por la poderosa zarpa del tiempo…
no te conozco. Me habla de ti tu alma
Cuántos sueños y cuántas ilusiones
en objetos perdidos,
cuánto tiempo malogrado.

Pasiones desatadas, juegos rotos,
amores mal acompañados,
noches negras en blanco,
esperas cada mañana.

Pero llegaste tú, mi mujer, amor y entrega,
caricias y pasión, gritos en el vientre, fuiste
el gran rescate que yo creía ya imposible



Recuerdos que ahora anido,

 entre la luz de aquellos dias
que, frenéticos, paseábamos nuestro amor
por todos los caminos.
Todo era muy bello entonces,
tu sonrisa, envolviendo tu mirada,
nacida tan llena de caricias.
Nuestros sueños, muchos incumplidos pero siempre
inadvertidos por el logro de otros
que nos han penetrado
tan dentro del alma.
Parecía todo un juego
prohibido, de tan deseado y tan procaz
para aquellos tiempos.
Y, sin darnos cuenta, nuestros cabellos
se fueron tornando blancos.
Ahora en nuestros ojos el brillo de los ojos
de nuestros hijos y el de los suyos.
Todo tan a su tiempo,
todo así nos ha sucedido.




Y un mañana


Y un mañana –no sé cuán cercano-
alguien habrá cerrado mis párpados;
ya no veré tu dulce sonrisa,
ni tomaré tus manos,
ni acariciaré tus cabellos,
ni veré los soles de tus ojos,
ni oiré la música de tus labios,
pero... te seguiré amando.




Niebla



La niebla descansa, húmeda y gris,
sobre la hierba del bulevar,
el viento, en remolinos, la levanta
jugando con tu falda,
y nos acompaña, tú... despeinada.
Nos damos un último beso
fugaz, yo quisiera retenerlo. Nuestras manos,
aún ardientes, se separan.
Las tuyas, esquivas, se cobijan en los bolsos
de tu abrigo. Mientras te alejas, la oscuridad
te oculta a mis ojos,  ávidos
de ti, deseosos de no perderte.
Cuando la niebla disipa tu imagen,
tus pasos, huidizos, suenan vacíos,
huecos, como un adiós.
La habitación aún guarda el calor de tu cuerpo;
la cama, en desorden, aunque callada, no oculta
nada de nuestra pasión desatada.
Mi corazón
queda desierto sin ti.





 Estatua



¡Pobre estatua de mármol frío y duro!
Sin corazón, sin alma;
tú eres, sólo, bella...
Cuando la luna te mira eres de nieve blanda,
nacarada,
tus ojos tristes, sin destellos,
sin lágrimas.Tus cabellos
quietos, al soplar el viento.

Vigía de noches de amor, de lunas
llenas y lunas moras,
codiciosa de caricias y besos
permaneces erguida, orgullosa,
siempre mirando sin mirar.

Tus pies, frágiles y desnudos
en los fríos de las noches
y los días,
te sostienen incansables sin tener donde ir;
siempre quieta,
sólo se mueve tu sombra.

Treinta años mía...
y no me conoces, no me saludas...
Yo, enamorado de ti,
sin verte, te veo desde mi alcoba;
tú ahí sigues mojada,
solo por el rocío y la lluvia.


La mujer y el espejo


 Se ha desprendido de la última prenda
que la cubría; ahora está desnuda
ahí, frente al espejo.

Y, como si fuera un rito, recorre
poro a poro,milímetro a milímetro,
su piel;
sus ojos, escrutadores y críticos, viajan
por todo su cuerpo.

Su cara de piel tersa, ojos grandes, de profunda
y dulce mirada,
de miel, que no acarician a nadie.
Su cuello, frágil, con caracolillos
donde el cabello nace.

Hombros que dibujan su delicada
silueta, con leves cuencos...
Su espalda se desliza, entre arcos,
suave, armoniosa, hasta el cóncavo de su cintura.

Sus senos erguidos, armados
con puntas mirando al cielo,
con círculos sonrosados,
erizados y con minúsculos montecillos;
por ellos resbalan sus manos...

El valle de su vientre es recorrido
con mano ávida
con sutil y fugaz movimiento se dirige
a su sexo,
con escaso vello, siempre desierto...

Por un  momento tiembla su cuerpo...
Las caricias no van más lejos;
continúa por sus muslos
deslizando sus dedos.

Al tiempo, se vuelve para dejar reflejado
donde la espalda termina,
su redondez rotunda,
con sima graciosa y profunda.

Las piernas, cual columnas,
sustentan esa figura monumental, bella.
Al espejo, negro de azogue, negro
de ver ese cuerpo,
de ser espejo le da tristeza...que... ser hombre,
seguro, él prefiera en esos momentos...



Mujer sola

Rostro sereno, aún no ajado.
Ojos profundos, inquisidores.
Boca de pétalos desflorados
de sus primaveras.

Senos que nunca fluyeron mieles,
nunca amamantaron aunque el amor y el placer
gustaron,
henchidos en deleites y goces.

Cuerpo provocador de envites apasionados,
de relajación
de miembros enlazados, reincidentes y locos.

Los amores... aves de paso; en su sentimiento
no anidaron,
sólo posaron, descansaron su fugaz vuelo.



El ocaso


 El ocaso, rojo y cálido como la ardiente
sangre, abrasa sus palabras, sus besos de amor.
La mar, sus aguas vacilantes y juguetonas,
lame sus cuerpos, entrelazados y desnudos.
Una gaviota, columpiada en las mudas olas,
observa a los amantes.
El sol, pudoroso, se esconde tras las montañas.
A oscuras, dan rienda suelta, con frenesí, al goce,
a la fogosidad que embarga sus sentimientos.
Las sabias manos de él recorren la orografía
provocadora de un cuerpo joven e incendiario
que se retuerce, conjugando los movimientos
con los lascivos lances de su amante.
La luna, curiosa, se asoma en lo alto;
por  lo que ve, ya no es de plata, pues se sonroja.
Tras varios asaltos se internan en las templadas
aguas, jugando y salpicándose con las olas.




  Haykus


                 Los poetas que escriben haikus…
                 ¿Son poetas en huelga de celo?

Mi amor, tus ojos,
son estrellas en fuga
cuando me buscan.


Tus bellos ojos
con los míos, de frente,
son cuatro espejos.


Gozar tu cuerpo,
gozar de nuestros cuerpos:
revolución.


Sí, se entendían:
su boca con la suya;
sobran palabras.


Monte con monte
dos amores se gozan,
nada por medio.




Besé sus pechos:
sus profundas raíces
se perturbaron.

Ay, el amor
es fuente, es manantial,
el agua corre.

 

Día de la mujer

Este ramito
de diminutos versos,
mujer, es tuyo




Dos amantes


Río, peregrino donjuanesco infatigable,
tu obstinado talle,
perlado y sudoroso,
repta sobre frondosa tierra,
y te acoge, impudorosa,
cual sedienta amante.

Te ofrece, generosa,
los recovecos de sus márgenes,
los irrigas con tu limo, 
fructífera sementera,
tras envites incansables,
más o menos fieros,
hasta llegar tu interminable orgasmo final,
volcado en tu otra gran amante,
la mar, siempre abierta, juguetona e insaciable.


Tres + 1


¡Oh Febo, cuán amable y generoso
con tu pequeña, solitaria y lejana amante,
medida su distancia en años luz!
Y, sin embargo, tan a tu alcance, nada tardas
en acariciar su semblante azul
o su esférico talle, cuando te da la espalda,
envueltos en sutil manto
de penumbra
y los cómplices guiños  de millones de estrellas.

Conjugas, con sus efluvios, limos de la linfa,
armónico trío,  juego perfecto de amor.
Sus frutos, innumerables preñeces y savias.
Y, en orgiástica compostura, la Luna, fría
y vacía siempre, se apodera, cual espejo,
de la imagen, rechaza toda luz
y envidia vuestra dicha, tan cálida y fructífera.




La luna es una voyeur



Luna creciente, llena,
menguante o luna mora,
con tu nocturnidad y alevosía,
entre más o menos oscuridad...
¡cómo espías a los amantes!

Cuando ellos te descubren, a veces, te sonrojas,
otras no te importa, sigues mirando
igual de fresca, en el mar, en sus olas,
te columpias y deslizas.

Eres, Luna, la mayor
voyeur del mundo, te disfrazas, cambias de cara,
te medio ocultas, en tules de nubes
o flores de azahar,
entre naranjos y almendros.

Te endulzas de caricias, miel y besos,
mientras los amantes
se desnudan, se arrullan, se acarician, se aman…
en todas las lenguas.



El desengaño



Tiene el cuerpo de adolescente marchita, arrugas
incipientes en su cara, sus ojos enormes,
como dos faroles, pero apagados...

Su caminar por la calle es ligero
aunque nadie en casa la espera.
En el trabajo es alegre pero muy discreta;
su misterio es la vida que hace fuera.

Conoció el amor con pasión y fuerza;
muchos días y noches,
así vivió varios años...

Un mal día,
quizá mal día no fuera,
vio al hombre que quería;
otra mujer llevaba de su brazo,
ambos con un niño y una niña en cada mano.



El corazón se le paralizó, quedó helado;
no se creía lo que estaba viendo.
De inmediato entendió
por qué, a veces, no tenía a su amor.

Se había escondido detrás de un árbol
mientras ellos pasaban de largo, riendo, hablando...
Quedó temblando pegada al gran olmo.

Eso ocurrió ya hace años. Salió huyendo,
está viviendo su cruel desengaño
en otro, alejado, lugar.

 

Nuestro lecho



Nuestro lecho, sin tí, mi amor,
es un erial de incontables hectáreas.
Mi manos, de tu piel  ávidas,
se pierden, buscándote entre las sábanas
y, aun estando tu ahí, ya no te encuentran.



Tu mirada me atraviesa...


Me miras como si yo fuera
para ti desconocido,
como si vieras a otro que yo no conociera,
como si yo fuera distinto al de antes,
como si ya no me quisieras.
Tu mirada me atraviesa
como si yo fuera invisible,
como si tú no me vieras.
Cuando me miras
tus ojos me hablan de una total indiferencia.
Quisiera que fueras ciega
de esa forma de mirarme
y que así, mi amor, tú ya no me vieras.

 

Tedio

                     
Ella y él pasan los minutos
sin decirse palabra,
y las horas,  las noches, y los días...
Muere en silencio
el amor que se tuvieron.






No me lo digas


 No, por favor, no me lo digas,
ni vengas con excusas ni reproches.
Te lo pido, no digas nada,
no insistas, ¿no ves que yo permanezco en silencio?
¿Por qué tú insistes ahora?
Hace ya tiempo que, del amor nuestro,
al viento se colgaron las últimas cenizas.

 

 Siesta


 Solía decirle,
a eso de las cuatro de la tarde,
que es la hora de la siesta,
que ya era tarde, que le dolía la cabeza
y que los niños estaban en casa;
podrían oírles...¡Qué vergüenza!
Entonces, él se vestía
y se iba a ver el partido,
decía, mientras abría la puerta,
y esa tarde no se jugaba ningún partido,
poniéndose la chaqueta, las gafas de sol,
y se quitaba la alianza.
Sonreía… ¡Tendría siesta!





Veneno


Te arrojé veneno a tus ojos
y me ha salpicado a los míos
Lo primero ya hace años, cuando nos conocimos,
lo segundo en estos momentos está ocurriendo.
Y así nos escuece la vida, los dos sangrando.
Tropiezan nuestros párpados cansados
por todas las esquinas,
y seguimos naufragando,
sin que exista antídoto que nos salve.


M

 Maltrato



Siempre, a cualquier hora, fuera del día
o
de la noche, empezaba a tronar la misma voz,
escupiendo alcohol, cascada rota,
trallazos de metal contra metal.
Al lado de nuestra casa el infierno,
habitaba el diablo; así de cruel y sanguinario.
Golpes de objetos contra las paredes,
contra el suelo,
vidrios rotos, sollozos, lamentos confundidos
con quejidos, gritos y más sollozos.
Más golpes, blasfemias, quejidos.

Luego, después del terror de los gritos,
el terror, más profundo e incierto, del silencio...
Mirábamos a la pared que nos separaba
queriendo adivinar, buscando la silueta
de aquella pobre mujer,
pidiendo que aún no estuviera muerta.

Él había cerrado con un portazo
la pesada puerta, con sus pasos alejándose
se iban silenciando sus maldiciones.
Tenues ayes nos confirmaban supervivencia,
de una amarga, desesperanzada y muy cruel vida.

Un día, después de los golpes, al final, no hubo
más lamentos, ni sollozos, ni ayes... Sí silencio;
un silencio denso, rasgado
por la sirena de ambulancia, ya innecesaria.





¿Por qué?


Imagino un pequeño bebé, endeble,
y desatendido, desamparado
que se aferra, con sus escasas fuerzas,
al frágil hilo de la vida.
Cuando cesan sus lamentos deseo oír de nuevo,
si no sus risas, al menos,
sus quejidos, que confirmen su supervivencia.

¿Es un niño carente,
quizá, de amor, de salud,
sin una nana que calme
su inquietud, su dolor?

Mis ojos, insomnes, escrutan la oscuridad
buscando su sonrisa inédita.
Niño por mí desconocido; tu cara es mueca,
solo triste mueca, de infeliz niño,
de niño desgraciado, abandonado.




Madre rota


El otoño luchaba contra el precoz invierno,
perdiendo la partida.
Era una mañana fría
muy fría, gélida, de Sigüenza,

Las nubes habían teñido de noche el día.
El aire clavaba la lluvia en nuestras mejillas.

El pinar, mientras, nos regalaba con aroma
de tierra y plantas mojadas;
tomillo y romero y, también, resina.

Las copas de los pinos
nos saludaban silbando,
se inclinaban con el viento,
al divertido paso de nuestras correrías.

El castillo, entonces en ruinas,
nos miraba alelado;
no se creía tanta alegria,
en día tan ventoso y frío.

Confundidos con los silbidos,
que los pinos emitían, nos llegaron... ¿lloros... 
y gritos...? Corrimos hacia el camino
que las ramas cubrían.
No lejos, una mujer,
desafiando a los elementos,
se dirigía hacia el no lejano cementerio.

Apenas en falda y camisa,
llevando una pequeña caja
del color de las astillas.
Subía entre dolor, quejidos y sollozos.

A su niña, muerta, iba hablando, la acariciaba,
la chillaba, la susurraba, gritaba al cielo.
A nosotros nos ignoraba; no nos veía...

De un resbalón caía a tierra;
en el suelo abrazaba aquella pequeña caja;
la acariciaba, la besaba,
mientras, desgarradoramente,
“mi pobre niña”, decía...temblando.




IClama ante tu puerta



Clama ante tu puerta, que fue suya y ha cerrado,
deshecho, hundido su cuerpo, ahogado
por las drogas que circulan
por su sangre, en la desesperación de ser tan débil
y desgraciado, teniendo
lo más sagrado a su cuidado,
descuidado
por su debilidad ante el vicio consumido,
que le consume y destruye,
sin que su voluntad, ausente y enajenada,
pueda evitarlo.

Clamo, mi amor, ante tu puerta que tantas veces
yo mismo, sin estar en mí, sin llave,
he clausurado.
Los lloros del bebé, más bien, débiles lamentos,
que nuestro loco amor engendró, rasgan mi pecho,
no hago nada por acallarlo, sólo me arrastro
por el suelo ensangrentado, dolor en mis manos,
mis uñas arañan con furia el sucio mosaico
como fiera que quiere herir
a cualquiera… que esté a su lado.





 Demasiado tarde


Estaba harto de los dos,
de ella y de sí mismo.
Por ella sentía pena,
con él mismo
no se mostraba compasivo.

Famélicos de amor, casados
sin boda ni testigos.
Ella bonita, ingenua, caprichosa,
díscola y muy coqueta.

Han pasado los años.
Y ¿qué del tiempo vivido en común,
juntos, distantes, tan distintos?

Por fin se han conocido,
noche a noche, Domingo
a Domingo, de juergas,
bailes y cartones de bingo.

Sus carnes, lacias, colgando,
sus cabellos encanecidos,
sus ojos cansados, llorosos
de volutas de humo…

Y porque en amor no han vivido.




Sigues siendo igual.


Después del tiempo transcurrido,
ya no tienes aquel bello rostro ni aquel talle
que, tan a la disposición, todos deseaban
amarrar a sus brazos.

Tampoco tus ojos tienen, aunque su destello
aún perdure, aquel contorno liso,
y tus ojeras se han quedado con un color
nazareno, casi muerto.

Tu boca y tus labios, en ejercicio perpetuo,
sobrevivientes al naufragio,
aún invitan a albergar en ellos
lances de amor.

Sigues siendo igual de caprichosa, cariñosa
y generosa con tu cuerpo
y los de los demás.
Nunca te acaban de saciar, recibes
siempre menos que das.

Te sabes, te llaman, tonta
y otras cosas. Y… ¡Qué más da!
te da exactamente igual,
al menos, aunque sea por muy breves momentos,
evitas la soledad total.




Delirio de amor


Te persigue y huyes esquiva.
Te mira y tu figura se disuelve
entre la irreal niebla.
Te llama, te habla, tus labios permanecen mudos.
Sus manos, tendidas a ti, se estremecen, vibran
y su corazón se desboca,
-gana al tiempo en su ritmo-
porque no te encuentran, y estás cerca… mas distante.
Sus ojos, cerrados, despiertos,
buscando en la nada las líneas de tu cuerpo.
De pronto, apareces y le rechazas
entre risotadas que escupen ira y desprecio.
Tras de ti se cierran todas las puertas
con portazos ensordecedores que revientan
sus tímpanos, y te busca entre chinescas sombras,
danzas malditas, confusión.

Se desvanece la luz,
crece el silencio que lo invade todo.
Resbala su alma, se hunde en un foso sin principio,
sin fin. Todo es tiniebla
pegada a su piel mojada,
como otra piel a su piel,
que no siente suya,
ni cercana, ni de su amada.

Flota  en un  aire denso,
tropieza, gira su cuerpo,
ovillo ingrávido, avanza, retrocede, bota,
se aleja de sí mismo.
Se ve minúsculo, poca cosa, apenas nada,
enteramente nada.
Levita, cae. Sudor frío, una carcajada
su estruendo le desplaza,
le quema, le hiere.
Vuelve a caer,
choca de una a otra pared, la escala,
cual frío reptil, se deja las uñas,
se deja la piel.
Grita un nombre, no sabe
de quién, implora, rie,
llora, vive, muere, no sabe
por qué. No sabe nada, nada, nada.






 Ella no está.


Allí, tumbado en la cama, desnudo, abrazado
a la almohada.
Las ventanas le arrojan
los ruidos de fuera.
No sabe qué día y hora es,
ni tampoco le importa; ella no está.

Cae la noche, la oscuridad lo invade todo,
también su mente.
Y su nombre, el nombre de ella,
desaparece,
desaparecen sus labios,
su húmeda boca, su acogedora piel, los besos,
en su piel impresos…
“Desapareces toda tú.”

Hecho un ovillo, tembloroso, deshilvanado,
da vueltas y más vueltas
entre las húmedas sábanas,
mojadas por sus lágrimas.
Todo es tiniebla; todo es nada.

Amanece, ella no está,
¡Malditas palabras!

¿Puede matar la mente?
Prueba con toda su fuerza:
hace por no respirar
se engrosan sus venas,
su cuello se enerva,
su cuerpo levita,
casi hasta tocar el techo…
Más fuerza; su corazón se acelera,
sus ojos deambulan locos, salidos de órbita,
buscan lo que no encuentran.
Sus brazos se tensan, sus manos
levantan el gran peso
que su alma alberga.
Más, más alto. Su cuerpo tiembla;
él desespera…

Quizá lo consiga, insiste; su rostro
se desencaja. Las venas arrastran
veneno que su corazón bombea; insiste…
Mas la mente no mata…



Amor caduco


El amor es un templo,
en él solo su imagen.
Devoto fue de ese templo
y el tiempo le arrojó de él.

Ya no le llegan sus besos,
su abrazo ya no es húmedo,
y sus palabras no logran
su sonreir de entonces…

Ese amor caduco,
que les hiere y les mata,
les aleja y les anula,
les enfrenta y les afrenta,
les rebaja, les denigra,
no es pesadilla pasajera,
no tiene solución, no tiene cura.

A la locura ha de llevarles,
les lleva a un infierno en vida,
sin olvido, imposible salvación




Tal vez mañana, quizá, lo haga



andar el polvo, amigo, de todos los caminos,
sonreír a los espejos
que poseyeron tu rostro,
hacer un guiño a las estrellas, 
a las que rogaste un deseo,
recorrer con mi mano el lomo de aquel buen perro 
que lamió tu cara,
acunar, en el cuenco de mis manos, 
la espuma del mar que arrulló tu cuerpo,
visitar, de nuevo, aquel lecho 
que acogió nuestros encuentros.
Tal vez mañana, quizá, volverá tu sonrisa 
a acariciar la mía.